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    Las Inspecciones de Trabajo y el Servicio de Atención a Domicilio (SAD)

    Solidaridad en Acción

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    Isabel Calvo
    Asociación AMMAD – LA UNIÓN

    Hoy paso por estas páginas para contaros que soy técnico sociosanitaria en atención domiciliaria, un trabajo desconocido pero muy importante para las personas que están en situación de dependencia y que necesitan atención en las actividades básicas de su vida diaria. Estas personas son denominadas por las instituciones como beneficiarias de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Ayuda a las Personas en Situación de Dependencia.

    Mi trabajo es hacer que continúen viviendo en sus casas, en su entorno, con sus cosas, con sus vecinos de toda la vida para no romper esa cercanía que es fruto de vivir, en muchas ocasiones, 40 o 50 años en un mismo lugar.

    El que una persona tenga el servicio con un grado de dependencia no quiere decir que no pueda hacer cosas o no pueda tomar decisiones; pero si sus patologías o su edad ya no le permiten hacerlo, ahí estamos nosotras, más de 15.000 técnicas y técnicos en la Comunidad de Madrid, para llevarles la compra, hacerles un aseo, hacerles la comida o acompañarles al médico porque ya no pueden solos, entre otras muchas cosas.

    Hemos sido durante meses las únicas caras que han visto en sus casas; hemos sido sus paños de lágrimas; sus confidentes; en ocasiones, si encontrábamos material en alguna farmacia, les llevábamos mascarillas, o ellas nos decían dónde podíamos encontrarlas. Algunas de ellas querían pagar hasta los geles hidroalcoholicos y regalárnoslos, porque francamente en las farmacias eran muy caros y estaban escasos. Meses duros, días de llorar porque no sabíamos qué iba a pasar si no salía una vacuna que pudiera parar el maldito virus que se estaba llevando a miles de personas, niños y grandes, pero sobre todo grandes.

    Es bonito ver una cara conocida todos los días y saber que los ojos te sonríen lo suficiente para que ellos y ellas entiendan que aun así la vida continuaba en cada domicilio.

    La vacuna llegó, y con ella un halo de esperanza. Al denominarnos como personal esencial por nuestro trabajo pensamos que enseguida nos iban a llamar para vacunarnos, pero hasta finales de febrero no nos empezó a tocar el turno. Hemos sido el segundo sector más contagiado, así pues no dudamos en empezar a vacunarnos. Nos tocó ir hasta el famoso Hospital Isabel Zendal, una faena al vivir en el extrarradio, pero una ilusión muy grande se atisbaba en el horizonte porque por fin, y pese a esa falta de material que seguíamos teniendo meses después de que estallara todo, veíamos que con la vacuna era como ir ganando tramos para volver a la normalidad.

    Todos y todas sabemos que la vacuna es voluntaria, pero nos llamaban para ir en horario de trabajo. La ilusión no nos hizo pensar que unas empresas multinacionales fueran a descontarnos el tiempo tardado en ir a vacunarnos, en ir a protegernos nosotras para ofrecer protección a las personas usuarias de esta prestación… El delirio de pensar que cómo podían hacernos algo así nos hizo acabar en una demanda con posterior inspección porque veíamos una sinrazón antinatural que nos costara el dinero el hecho de protegernos. Pero nos dimos de bruces con la realidad cuando la inspección resolvió que en el BOE (Boletín Oficial del Estado) no venía establecida la vacunación como obligatoria ni siquiera para los trabajadores considerados como esenciales.

    Aquí acabó nuestro periplo en busca de un poco de justicia, de la que carente anda esta sociedad, pero no nos van a quitar las ganas de pelear ni las ganas de intentar que la vida sea un lugar digno para personas dignas. El mundo está lleno de personas maravillosas, y a ésas, a ésas precisamente yo les ofrezco mi sonrisa según llego a sus casas.

    El SAD jamás caerá mientras lo sujeten nuestras manos.

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