Marcha por el derecho al territorio, a la vivienda y a la vida. Cañada Se Queda

Imagen Ignacio Lopez Isasmendi para Madrid en Acción

Manifiesto de Houda Akrikrez leído al final de la primera marcha de Vallekas a Cañada, 31 de enero de 2026

Esta marcha nace de una herida abierta. Una herida con fecha: 2 de octubre de 2025: el día en que muchas familias del sector 6 de la Cañada Real recibieron cartas de derribo y desalojo. Cartas que no traían diálogo. Cartas que no traían alternativas. Cartas que traían miedo. Cartas firmadas por Julio César Santos, alto cargo del Ayuntamiento de Madrid, inhabilitado desde septiembre, pero que en octubre seguía firmando órdenes de derribo.

No es un nombre aislado. Es una política continuada. Desde 2007, esta misma persona ha impulsado el derribo de cientos de viviendas en la Cañada Real, con una lógica de expulsión, de desgaste, de borrado del territorio. Pero lo que no sabía es que en 2026 se iba a encontrar con nosotras. Con las mujeres de la Cañada Real. Con las vecinas organizadas. Con una comunidad que ya no se esconde. Con un territorio que se defiende. Y también con familias que han llevado su lucha a los tribunales y han ganado. Porque ya hemos conseguido dos medidas cautelares que pararon dos derribos y dieron la razón a las vecinas y vecinos.

Por eso hoy marchamos. Marchamos por la vivienda. Marchamos por el derecho al territorio. Marchamos por el derecho a tener derechos. Y marchamos también por el derecho a la rabia. Porque la rabia no es violencia. La rabia es una respuesta legítima cuando te quieren expulsar. La rabia es memoria de todo lo perdido. La rabia es defensa del hogar. La rabia es política cuando nace de la injusticia.

La Cañada Real no es un error urbanístico. No es un espacio vacío. No es tierra disponible. La Cañada Real es hogar. Un hogar con más de 60 años de vida, construido por familias trabajadoras, por personas migrantes, por población gitana, por vecinas y vecinos que levantaron vida donde el abandono era la norma.

Hoy marchamos las personas que vivimos en la Cañada Real, en todos sus sectores. Marchamos porque conocemos el territorio, porque aquí hemos construido nuestras casas, nuestras familias, nuestras redes. Marchamos porque llevamos más de 30 años defendiendo este territorio, resistiendo distintas formas de acoso: criminalización, abandono, violencia administrativa. Y uno de los acosos más duros que hemos vivido es el corte de suministro eléctrico, que sufrimos desde hace más de cinco años. Un corte que afecta a más de 4.000 personas, la mitad de ellas niñas y niños.

En la Cañada Real vivimos hoy una de las mayores violencias institucionales de este país, en un Estado que se define como progresista. La Comunidad de Madrid y los Ayuntamientos de Madrid y de Rivas son cómplices de este abandono y de esta violencia prolongada. Primero nos quitan la luz. Después nos abandonan. Y ahora nos imponen la estrategia política más cruel: los desalojos forzosos y el derribo de nuestras viviendas. Defender nuestras casas es defender nuestra dignidad. Y no vamos a permitir que nos sigan expulsando del lugar donde vivimos.

Hoy no marchamos solas. Marchamos con otras luchas que saben que lo que ocurre aquí les atraviesa directamente. Marcha con nosotras el movimiento por la vivienda, porque sabe que lo que pasa en la Cañada es la expresión más cruda de la crisis habitacional. Porque derribar sin alternativa es desahuciar. Porque desalojar comunidades enteras es especulación institucional. Defender que la Cañada se queda es defender que la vivienda no es un negocio, es defender el derecho a quedarse, es decir que ningún barrio es sacrificable.

Marchan con nosotras las feministas, porque saben que los derribos también son violencia. Porque cuando se destruye un hogar, quienes más sostienen el impacto son las mujeres. Las que cuidan, las que sostienen la vida cotidiana, las que reorganizan la supervivencia cuando el Estado se retira. Defender que la Cañada se queda es defender el derecho de las mujeres a un hogar seguro, a criar sin miedo, a no vivir bajo la amenaza constante del desalojo. Las feministas marchan porque saben que sin vivienda no hay autonomía, que sin territorio no hay redes, que sin estabilidad no hay libertad. Porque no hay feminismo posible si se acepta que mujeres pobres, migrantes, gitanas, sean expulsadas de sus casas en nombre del progreso. Defender que la Cañada se queda es defender un feminismo popular, antirracista, de barrio, que pone la vida en el centro.

Marchan con nosotras las personas y colectivos LGTBIQ+, porque saben lo que significa vivir con el miedo a ser expulsadas. Porque el derecho a la vivienda también es el derecho a existir con seguridad, a habitar el cuerpo y el territorio sin violencia ni señalamiento. Defender que la Cañada se queda es defender que nadie tenga que esconder quién es para poder quedarse en su casa. Porque sin hogar no hay refugio, y sin refugio no hay libertad.

Marchan con nosotras colectivos antirracistas, porque saben que los derribos no caen al azar. Porque cuando se expulsa sin alternativas, cuando se criminaliza un territorio, cuando se niega el derecho a quedarse, el racismo institucional está operando. Defender que la Cañada se queda es defender el derecho de las personas migrantes a

existir sin miedo, a no ser desplazadas, a no ser tratadas como prescindibles.

Marcha con nosotras la población gitana, porque conoce de sobra la historia de expulsiones, de persecución territorial, de desalojos forzados. Porque la Cañada también es hogar gitano. Y defender que la Cañada se queda es decir basta a siglos de despojo, es defender el derecho a vivir sin ser empujadas una y otra vez fuera.

Marchan con nosotras colectivos ecologistas y vecinales, porque saben que no hay justicia ambiental mientras exista Valdemingómez marcando nuestros cuerpos y nuestros barrios. Porque la incineradora no afecta solo a la Cañada Real. Afecta a Puente de Vallecas, a los barrios colindantes, y llega hasta Arganda del Rey. Defender que la Cañada se queda es defender el derecho a respirar aire limpio, a no enfermar por vivir cerca de una planta contaminante, a una transición ecológica que no sacrifique territorios.

Marchan con nosotras defensoras de la sanidad pública, porque saben que vivir con desalojos constantes, sin vivienda segura, sin estabilidad, enferma. Porque la salud no empieza en el hospital. Empieza en el hogar. Y sin hogar no hay salud. Marchan con nosotras defensoras de la educación, porque saben que no se puede estudiar cuando tu casa puede desaparecer mañana. Porque la educación necesita estabilidad, necesita arraigo, necesita territorio. Y sin vivienda no hay derecho a la educación.

Marchan con nosotras las vecinas y los vecinos de toda la ciudad, porque saben que lo que pasa en la Cañada no es un problema ajeno. Porque cuando se permite que un barrio sea expulsado, ningún barrio está a salvo. Cañada recuerda al pasado de Madrid, a la historia de sus barrios obreros, pero es también una imagen de futuro.  Futuro en negativo, porque si la especulación sigue sin freno, cada vez más personas nos veremos abocadas a la autoconstrucción Inventaremos soluciones por fuera del mercado regular de la vivienda y seremos acosadas por ello;  Futuro en positivo, porque cuando los lugares así resisten y se estabilizan, crean cooperación y vida digna frente a la expulsión permanente. Por eso, defender que la Cañada se queda es defender el derecho a vivir en una ciudad que no expulsa a quienes la sostienen, que no sacrifica territorios para ocultar la pobreza. Las vecinas y los vecinos marchan porque entienden que la ciudad es un bien común, que el derecho a la vivienda no puede depender del barrio en el que vivas,

ni del origen, ni de la renta. Porque Madrid no puede llamarse justa si permite que la Cañada desaparezca. Hoy marchamos juntas porque entendemos algo esencial: todas estas luchas están conectadas.

Derribar viviendas no es una solución. Desalojar familias no es política social. Desplazar comunidades no es progreso. No aceptamos que se decida sobre nosotras sin nosotras. No aceptamos que se nos trate como un problema. No aceptamos que se nos borre para limpiar mapas.

Hoy lo decimos juntas y sin miedo:

CAÑADA SE QUEDA.

No pedimos caridad. No pedimos favores. Exigimos derechos. Y por eso, con esta marcha, exigimos a la administración:

1/ El cese inmediato de las amenazas de derribo y desalojo y la paralización de cualquier demolición de viviendas en la Cañada Real.

2/ La apertura de un proceso real de diálogo y negociación, con las vecinas y vecinos como interlocutoras legítimas. 3/ El reconocimiento del derecho al territorio, porque la Cañada Real no nació ayer: tiene más de 60 años de historia viva.

Porque la vivienda digna es la puerta de entrada a todos los derechos, y cuando se derriba una casa, se intenta derribar una vida entera.

Lo decimos hoy con más claridad y fuerza que nunca:

CAÑADA SE QUEDA LA VIDA SE DEFIENDE EL TERRITORIO NO SE DESALOJA

 

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