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“Yo nací en Vallekas” por Albertina Galiano

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Albertina tras ver las cargas policiales en la Asamblea de Madrid quiere contar su historia como vecina del barrio desde hace décadas:

Ayer escuchando el noticiario me invadieron, ya digo, sentimientos muy antiguos. La evidencia, la consternación y la vergüenza de tener menos que otros cuyos panes bajo el brazo dan buena cuenta de los méritos de sus tatarabuelos, que seguramente habrían madrugado mucho más para conseguir unas hogazas que por alguna razón estaban agotadas cuando los míos llegaron allá.

Por Alberdina Galiano Rodriguéz para Madrid en Acción

Agradecimientos a #LaVillanaDeVallekas

Lo mejor de mis vacaciones cuando era niña era jugar todo el tiempo en la calle, no hacer deberes y acudir a cursillos de natación en la piscina municipal.

En mi barrio no había piscina, por lo que el grupito de amigas teníamos que desplazarnos hasta la más cercana: la de Santa Eugenia.

Madrugábamos, y en una animada charla encaminábamos hasta nuestro destino, platóricas de energiaía.

Cruzábamos manzanas, descampados, y hasta la antigua carretera Real de Arganda, bastante peligrosa por cierto, antes de llegar a Santa Eugenia.

Alguien dijo un día algo que se me incrustó en el tuétano y me llevó a experimentar sentimientos que curiosamente hoy vuelvo a revivir, después de tanto tiempo.

Fue una de las amigas, con mucha solemnidad: “Chicas,  aquí no alcéis la voz, ni digáis palabrotas, porque en este barrio la gente es educada y no les grita a sus hijos. Les hablan con educación”.

Yo, en mis retinas la imagen de mi madre en acción, zapatilla en mano, sufrí una sacudida de realidad y se tambalearon mis esquemas.

Durante mucho, mucho tiempo evité mencionar mi lugar de residencia; en la universidad, por ejemplo,  donde me licencié sin dificultad; en mis diferentes empleos, antes y después de aprobar la oposición; a las amistades que fui haciendo.

También durante mucho tiempo ocultaba el hecho de que estudié gracias una beca por familia numerosa, que en casa convivíamos 9 personas en 50 metros cuadrados, o que mi padre trabajaba en una fábrica, y mi madre como camarera de hotel.

Qué cosas.

Ayer escuchando el noticiario me invadieron, ya digo, sentimientos muy antiguos.

La evidencia, la consternación y la vergüenza de tener menos que otros cuyos panes bajo el brazo dan buena cuenta de los méritos de sus tatarabuelos, que seguramente habrían madrugado mucho más para conseguir unas hogazas que por alguna razón estaban agotadas cuando los míos llegaron allá.

La rabia por la falta de consideración a todo el esfuerzo realizado por salir de la pobreza.

La tristeza al comprobar que lo que creímos superado nos amenaza tras la puerta.

El orgullo de saber que me dieron mucho más de lo que se cuenta sobre la mesa.

La tierra marca la diferencia.

Esa que, paradójicamente, cuando fallecemos aquí se queda.

Y permanece por encima de nuestros cuerpos y cabezas.

Y nos trasciende y nos entierra.

 

 

Albertina Galiano

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