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Las Fuerzas Armadas españolas han protagonizado algunas de las noticias más destacadas del pasado mes de noviembre. Fusilamientos de WhatsApp aparte, con los que no voy a perder tiempo y espacio, me parecen especialmente preocupantes las dos cartas dirigidas al rey (que como destinatario de las mismas algo debería decir), la primera firmada por 39 jefes y oficiales retirados pertenecientes a la XIX promoción de la Academia General del Aire (encabezados por el “general fusilador”), y la segunda por 73 mandos igualmente retirados del Ejército de Tierra pertenecientes a la XXIII promoción de la Academia General Militar, expresando opiniones sobre la situación política actual del país en los mismos términos que viene empleando la extrema derecha.

Roberto Blanco Tomás para Madrid en Acción

Para atenuar la importancia del suceso, Gobierno y medios de comunicación han hecho énfasis en la condición de “retirados” de los firmantes (todos mayores de setenta años). Hay quien incluso ha tenido la ocurrencia de denominar a lo ocurrido “ruido de dentaduras” en vez del clásico e inquietante “ruido de sables”. Pero qué quieren que les diga: a mí me sigue inquietando, y mucho. Porque la mayor parte de la carrera profesional de estos “abueletes”, y obviamente la de mayores responsabilidades (entre los firmantes de la segunda carta, por ejemplo, uno estuvo al frente del Mando de Personal del Ejército de Tierra, otro fue comandante general de Melilla, otro dirigía el Mando de Operaciones Especiales en la época del asalto a Perejil, otro fue jefe del SEPRONA…), ha transcurrido en las Fuerzas Armadas de la democracia. Quiero decir que no estamos en los años ochenta lidiando con los supervivientes de la cúpula militar franquista, veteranos de la División Azul con Cruces de Hierro y demás chatarra nazi en sus pechos, sino en 2020 y con miembros retirados del “democrático” Ejército español, el de las misiones “de paz” de la ONU y la reciente Operación Balmis.

Y me asalta la duda de hasta qué punto esto es solo cosa de ellos o un sentimiento común a otros militares que puedan permanecer en activo. Operaciones publicitarias aparte, aquí la Transición se hizo como se hizo (con mucho miedo, especialmente al estamento militar, uno de los pilares del régimen franquista), no hubo ningún proceso de depuración de las Fuerzas Armadas y creo que hay suficientes elementos para sospechar que buena parte del sistema de valores de la dictadura podría haber sobrevivido en dicha institución, dado que cada equis tiempo algún militar o grupo de militares (en activo, en la reserva o retirados) emite algún tipo de opinión política siempre en la misma línea. Ya lo decía estos días José Ignacio Domínguez, teniente coronel del Ejército del Aire retirado y miembro del Foro Milicia y Democracia: “El franquismo sigue teniendo una implantación grande en el Ejército, y Franco continúa como una figura respetada”.

Además, tampoco hace tantos años desde que a los 65 esta gente pasó al retiro, factor que implica más preguntas: ¿mantienen contactos aún con otros militares en activo o en la reserva? ¿Qué capacidad de acceso e influencia conservan sobre los cuarteles? ¿Hablan exclusivamente por ellos o de alguna manera han ejercido como portavoces de otros militares en activo o en la reserva que podrían sufrir consecuencias no deseadas si expresasen lo mismo? En fin, creo que lo ocurrido, por la cantidad de dudas que suscita y la gravedad de las mismas, hace necesaria una investigación para detectar hasta qué punto existe la sensibilidad y el estado de ánimo descritos por estos “señores mayores” dentro de las Fuerzas Armadas o de determinados sectores dentro de ellas, en su caso con las correspondientes medidas de corrección, higiene y depuración de posibles elementos facciosos detectados, que nos eviten algún día vernos delante de un pelotón de fusilamiento sin saber muy bien cómo hemos llegado allí. Por si acaso aquello no era solo una bravuconada de copa de coñac y puro.

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