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    No a la guerra, no a los imperios

    Solidaridad en Acción

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    Carlos Taibo

    Difundí y difundieron un puñado de páginas amigas un artículo en el que denunciaba el silencio de nuestros medios ante la política que las potencias occidentales han desplegado en las tres últimas décadas en relación con Rusia. En ese texto subrayaba que en buena medida Putin no es sino una consecuencia de la agresividad de esas potencias, no sin subrayar, eso sí, que por detrás lo que había era una confrontación entre imperios que convertía a los pueblos en meros peones de los estrategas. El grueso de nuestros todólogos se sigue aferrando, sin embargo, a la idea de que el mundo occidental ha sido impresentablemente concesivo con Putin. Profundamente morales como somos, nunca nos equivocamos…

    Hoy me toca señalar lo que a estas alturas parece una obviedad: la intervención militar rusa en Ucrania es, por un lado, una locura, y por el otro, una locura deleznable. Confesaré que no fui capaz de prever que algo así podía ocurrir. Cuando, hace un mes, me lancé a la tarea de actualizar, por vía de urgencia, el librito —Rusia frente a Ucrania— que había entregado a la imprenta en 2014, mi percepción de lo que Rusia se disponía a hacer era la común entre los analistas: sacar músculo para recordarle a la OTAN que está ahí y, tal vez, mover pieza en la Ucrania oriental sobre la base de los modelos de Osetia del Sur o de Crimea.

    Hay dos razones que explican mi incapacidad para ir más lejos. La primera la ofrece el hecho de que en la historia reciente de la Europa central y oriental no hay antecedentes de lo que a título provisional parece una invasión en toda regla de un país con 600.000 km2 y casi cincuenta millones de habitantes. Ante lo que ocurre en estas horas —y no descarto, ciertamente, sorpresas—, lo sucedido en el pasado en el Transdniéster, en Abjazia, en Osetia del Sur, en Nagorno Karabaj o en la propia Chechenia se antojan pequeñas escaramuzas.

    Mayor peso corresponde, con todo, a la segunda explicación de mi craso error de predicción: aunque Putin es por muchos conceptos un personaje lamentable —como lo son, sin excepciones, nuestros gobernantes—, nunca he creído que sea estúpido y se deje llevar por impulsos incontrolados. La operación militar de estas horas la protagoniza sin embargo un país, Rusia, que, con una economía maltrecha y un escenario social calamitoso, se apresta a padecer sanciones durísimas. Esas sanciones pueden provocar un genuino terremoto interno que se vuelva contra Putin y su aparato de poder, con consecuencias insospechadas. Al respecto, en las últimas horas me ha venido a la cabeza lo que ocurrió con la dictadura militar argentina tras la aventura de las Malvinas. Y creo que tiene un relieve menor un hecho por lo demás innegable: si damos por cierto que Rusia seguirá exportando, pese a todo, sus materias primas energéticas, y se beneficiará de precios acaso desorbitados de estas últimas, no parece que eso —ahí está la experiencia de lo acontecido desde 2014— vaya a permitir que salgan las cuentas. De por medio, en fin, y aguardemos noticias, habrá que explicar cómo se controla un país muy grande con una población mayoritaria y lógicamente hostil.

    No sé si lo que acabo de señalar será motivo suficiente —lo dudo— para que Moscú dé marcha atrás o, al menos, modere sus impulsos. Tampoco sé, por cierto, cuál es el mecanismo de toma de decisiones en Rusia. La mayoría de los expertos dan por descontado que todo lo deciden Putin y un reducido grupo de asesores. A buen seguro que los hechos son, sin embargo, más complejos. Me imagino, en particular, que muchos de los oligarcas que en los hechos dirigen el país —cierto que en algunos casos se trata de allegados del presidente— están que trinan: sus negocios, visiblemente, peligran. Queda por saber cómo harán valer sus intereses. Ya me gustaría poder invocar también —a duras penas puedo hacerlo— el ascendiente, en Rusia como en Ucrania, de una resistencia popular dura frente a los juegos de oligarcas, alianzas militares e imperios.

    Las cosas así, en estas horas el lema “No a la guerra” reclama contestar, con rotundidad, la intervención militar rusa y hacer otro tanto con la prepotencia y la agresividad de esa filantrópica organización que es la OTAN. Y reclama estar del lado de quienes han padecido en el Donbás los bombardeos indiscriminados del ejército ucraniano, de quienes sufren en estas horas la fuerza bruta de los tanques rusos y de quienes, unos pocos, en Moscú y otras grandes ciudades, han salido a la calle con coraje para dejar claro que los pueblos tienen otra manera de relacionarse. Una manera que no pasa por la guerra.

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