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A las personas diversas funcionales se las segrega desde bebés, y eso les crea un complejo de inferioridad muy grande.

 

Imagen: Maite Blasco Colectivo Frydas

Hace años, la homosexualidad era considerada una enfermedad, no una condición del ser. Tu entorno querría curarte y esa sociedad de entonces te hacia odiarte por dentro, si eras homosexual. Ahora pasa lo mismo con la diversidad funcional o discapacidad: es una condición, no una enfermedad, y todo el mundo quiere curarte. Y diréis que no es lo mismo, que la diversidad funcional sí es una enfermedad y que todo el mundo querría curarse. Pero no es así́. Si os ofrecieran tener la capacidad para escalar el Everest, es muy posible que aceptarais, pero el no tenerla no significa que estéis enfermos o enfermas. Tenemos la capacidad que tenemos, y mejorarla es una opción que no todo el mundo tiene; sin embargo, el trato y los derechos deberían ser iguales, independientemente de tus capacidades, pues ante todo somos personas.

Esta manera de ver la diversidad funcional como una enfermedad hace que se considere culpa nuestra no adaptarnos a la sociedad y un favor por parte de está dejarnos participar de algo adaptándolo a nuestras necesidades. Es esta sociedad la que está mal y discrimina a mucha gente por su condición.

Lo dicho es aplicable a todo tipo de diversidades: autismo, trastorno mental, deterioro cognitivo, diversidad sensorial, física, intelectual, etc. Hasta hace poco, las familias escondían a los familiares que consideraban no normales; ahora, nos encierran en residencias, psiquiátricos, intentan curar o practicar la caridad paternalista (que nos anula poco a poco). No suele dar- se un maltrato físico, pero la duda constante por parte de esta sociedad sobre tu condición de “persona con derechos” te anula poco a poco. Se llama “capacitismo”, una palabra desconocida hasta ahora para mí, que significa discriminar a gente por su capacidad. Hay que cambiar mucho la conciencia y la mentalidad para que se den avances; muchos están reconocidos por las leyes, pero estas leyes se incumplen sistemáticamente, sin que ni siquiera haya un rechazo social a su incumplimiento.

A las personas diversas funcionales se las segrega desde bebés. Y eso les crea un complejo de inferioridad muy grande. Es muy difícil empoderarse y creer que tienes los mismos derechos que el resto de la población. La solución pasa por una educación inclusiva 100% y por dejar de segregar a niños y niñas “por su bien”, condenándoles a una vida de exclusión. Todavía hay una amplia mayoría social que defiende la educación especial y segregada, presentando casos extremos para defender este tipo de educación que excluye a la diversidad, en la mayoría de los casos, de por vida y que no deja que los niños y las niñas sin diversidad aprendan a tratar y saber estar con personas diversas. Las personas adultas con diversidad pagamos esa ignorancia de las personas “capaces” con las que nos encontramos. Aunque las personas con diversidad funcional nos esforcemos por integrarnos, para el resto somos seres extraños a los que no saben tratar.

Si a todo esto le añadimos perspectiva de genero, podemos concluir que es mucho más dura la discriminación en el caso de una mujer con diversidad funcional.

También nos afecta mucho la violencia de género. Muchas de las mujeres que adquieren la diversidad de adultas pasan a depender de un hombre, no educado para cuidar como una mujer, que, en muchos casos, abandona a la mujer o puede maltratarla impunemente, pues esta sociedad ensalza al hombre cuidador, dando muy poca credibilidad a la mujer cuidada y maltratada. A esto hay que añadir la dificultad de denunciar que tienen las mujeres con diversidad funcional.

La sexualidad también nos afecta de forma diferente, pues se nos considera seres asexuados. Se nos empuja a no ser madres, mientras el hombre con diversidad puede ser padre si existe una madre cuidadora. Y lo que constituye una violencia aún mayor: a las mujeres con diversidad funcional se las esteriliza forzosamente “por su bien”, lo cual sirve, además, para que puedan ser violadas impunemente por los hombres de su entorno.

El llamado mansplaining que sufren las mujeres, por el que un hombre explica algo a una mujer de forma condescendiente o paternalista, las mujeres con diversidad funcional lo sufrimos por parte de los hombres, pero también de las mujeres sin diversidad.

Y por lo que se refiere a la educación, esta sociedad apenas se preocupa de educar a las niñas con diversidad funcional, debido a sus bajas expectativas labora- les y al escaso potencial que se les presupone.

La sociedad tiene que asumir que todas somos diversas, pero iguales en derechos. Reivindicamos una interdependencia humana que rompa con la actual visión de los cuidados, que facilite la autonomía y garantice la libertad de la persona. Y es que se nos suele tratar con paternalismo y desde la caridad asistencial, y no podemos defender la no discriminación desde altares que discriminan.

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