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Los últimos años de lucha por la sanidad pública han sido desesperantes. Las condiciones empeoraban lentamente, cada año se cerraban unas cuantas camas más en nuestros hospitales, cada año más pacientes del sistema público acababan en hospitales privados mediante derivaciones, los centros de salud dando citas de cuatro minutos tras varios días de espera.

Autor: Guillén

El 1 de junio la plataforma Sanitarios Necesarios inauguró las convocatorias en defensa de la sanidad pública en la Comunidad de Madrid. Cada lunes, varios centros de salud y hospitales de la Comunidad de Madrid son testigos del agradecimiento en forma de aplausos com- partidos entre el mismo personal sanitario y la ciudadanía.

Imagen Isa Salcedo #SanitariosNecesarios

Frente a este desmantelamiento, ninguna respuesta. Los trabajadores, desmovilizados y divididos. Concentraciones y manifestaciones con unos pocos cientos de asistentes en el mejor de los casos. Me llevó varios años y una oposición conseguir trabajar en la urgencia de un hospital grande y prestigioso como La Paz. Mi primer día en el hospital me costaba creérmelo, estaba orgulloso e ilusionado. Tras un año y medio trabajando en salas atestadas de pacientes y comprobar que nuestras quejas y sugerencias no surtían ningún efecto, sentía una enorme amargura. Ya estaba quemado. Con cuarenta años de vida laboral por delante.

Unas pocas personas de mi servicio empezamos a movilizarnos. Recogidas de firmas, faxes al juez de guardia, denuncias en redes sociales, notas de prensa, reuniones con partidos políticos. Sin embargo, la inmensa mayoría de las compañeras con las que compartíamos quejas a la hora del café se quedaban al margen, el esfuerzo recaía sobre demasiado pocas personas. Llega un momento en que tienes que asumir la realidad y decidir. La realidad era que los compañeros se movían entre el miedo y la desidia. Si en algún momento la dirección del hospital empezaba a cumplir con sus amenazas veladas, no saldría nadie a cubrirnos las espaldas. Habiendo asumido cuál era la situación, la pregunta era: ¿si nadie más se mueve tiene sentido que lo haga yo? Quienes seguimos adelante lo hicimos teniendo muy en cuenta que éramos poquísimos y nadie iba a salir en nuestra defensa.

Los siguientes tres años el panorama apenas cambió. Mientras la inmensa mayoría nos escuchaba inexpresiva cuando les animábamos a participar, hubo pequeñas victorias gracias a las continuas denuncias: se paralizó la privatización de la cocina, la urgencia aumentó sus camas y su personal. En otros aspectos seguimos retrocediendo: 14 centros de salud dejaron de dar cita a partir de las 18:30, los hospitales privatizados recibían más pacientes de los centros realmente públicos.

Con la llegada del coronavirus, la tragedia trajo a los medios de comunicación a las puertas de los hospitales y llevó a muchos ciudadanos a valorar de nuevo para que servía tener una sanidad pública bien dotada. Las denuncias de siempre recibieron muchísima más atención, puesto que todos los medios hablaban casi en exclusiva del virus y los portavoces institucionales no proporcionaban información a un ritmo suficiente. Llegué a hablar con veinte medios distintos en dos días como uno de los portavoces de mi sindicato. La respuesta de los privatizadores fue intentar matar al mensajero. El 12 de marzo, pocas horas después de aparecer en el telediario denunciando que los hospitales estaban saturados y que para afrontar el virus teníamos 2.200 trabajadores y 2.100 camas menos que en el año 2008, la propia presidenta de la Comunidad de Madrid publicaba una carta a la directora de TVE que me señalaba. A partir de ese momento los ataques, insultos y alguna amenaza se sucedieron en medios de comunicación y redes sociales. Pero lo que más me chocaba eran las mentiras. No servía de nada desmentirlas, explicar que no me habían sacado en el telediario por ser de Podemos, que no era militante de ese partido. Tampoco soy liberado sindical, ni llevo cinco años sin atender a un paciente. Que no había aparecido en varias cadenas distintas por orden del Gobierno a cambio de una subvención de 15 millones de euros. Incluso se hizo circular el rumor de que iba a ser el próximo portavoz del Gobierno para la crisis del coronavirus. Además de injusto y descorazonador, era también fascinante ver de cerca cómo funcionaba esta maquinaria: se lanzaban bulos, muchos de ellos burdas mentiras, uno detrás de otro. Una noticia falsa pero espectacular recibe mucha más atención que la aburrida verdad de un desmentido. Especialmente teniendo detrás una potente maquinaria de diseminar mentiras. Frente a la misma estrategia del Brexit, de Trump y de Bolsonaro, no servía de nada que todo aquello fuesen mentiras que se desmontaban fácilmente.

La mejor respuesta llegó de donde menos la esperaba. Dieron con ella esas mismas compañeras que durante unos años se habían quedado al margen de todas las luchas. Empezaron a hacerse fotos y vídeos con mensajes de apoyo ante el acoso que yo estaba sufriendo. Otros compañeros del hospital se unieron a la iniciativa: cocinas, limpieza, mantenimiento. Participaron desde sus casas compañeras que estaban de baja, contagiadas por el coronavirus, en pijama y con carteles hechos con cartulinas. Esto se extendió a otros hospitales. Llegaron fotos y vídeos del Hospital de La Princesa, Marañón, 12 de Octubre, Puerta de Hierro, Ramón y Cajal, residencias de ancianos… Incluso de trabajadores de la sanidad de Asturias. En lugar de pelearse con el fango, de intentar desmentir con un cubo en un mar de mentiras, la mejor respuesta fue una oleada de solidaridad.

Han cambiado las tornas. Quienes tenían miedo, o pensaban que alzar la voz no serviría para nada, han cambiado de opinión. Los vecinos, que asistían indiferentes al deterioro y la privatización, han pasado semanas saliendo a diario a sus balcones a mostrarnos su apoyo. Se forman comisiones de reconstrucción, tertulianos televisivos se plantean qué debe hacerse para que la sanidad pública no vuelva a encontrarse debilitada ante una crisis sanitaria.

Frente al fango de la bronca política, es el momento de la solidaridad. Trabajadores y vecinos se están encontrando frente a los hospitales y centros de salud, dispuestos a luchar juntos para que esta tragedia no se vuelva a repetir. La sanidad pública debe ser reconstruida totalmente, no solamente restituida al estado de postración en el que afrontó el coronavirus. Ya no vamos a seguir tolerando que las citas en los centros de salud se demoren varios días y tengan una duración de cuatro minutos. Los hospitales deben recuperar camas y personal, aumentando la plantilla en 10.000 personas. Con estos recursos haremos frente a unas listas de espera para citas, pruebas y cirugías que ya eran escandalosas antes de tener que cerrar los quirófanos y maquinaria a causa del virus. En las residencias de ancianos, un sector privatizado en un 90%, se han vivido escenas dantescas. Es fundamental contar con una amplia red de residencias públicas, acabar con los conciertos con empresas privadas. Una ley debe establecer unos ratios mínimos de trabajadores para atender debidamente a los residentes. Las compañeras de la sanidad privada, que han afrontado también el virus, merecen condiciones dignas. Los fondos buitre invierten en la sanidad privada porque es un negocio jugoso, basado en los bajos sueldos del personal y en atender un volumen mayor de pacientes con menos personal, agotando a los trabajadores y poniendo en riesgo a los pacientes. Si las trabajadoras de la sanidad privada reciben sueldos dignos y se obliga a estas empresas a mantener unos ratios paciente-profesional suficientes, se acaba el negocio.

Nos encontramos ante una buena oportunidad, pero también ante una enorme amenaza. El Gobierno autonómico tiene claros sus objetivos: ladrillazo, sobrecostes escandalosos en IFEMA, privatizaciones en el Hospital Niño Jesús y la limpieza del Gregorio Marañón, prometer un hospital de pandemias en Valdebebas mientras se mantienen cerradas centenares de camas y el antiguo Hospital Puerta de Hierro sigue vacío y amenaza ruina.

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