fbpx

‘Mi pareja se fue a su casa y nada predecía que hasta ocho semanas después nadie me iba a dar un beso ni un triste abrazo’

Autora: Mónica López Espinosa

Ilustración: Juan Marquina. Más info del autor en: https://www.julianmarquina.es/

El año comenzó duro, muy duro. Tres visitas al tanatorio en menos de dos semanas; gente muy joven: un chaval de 18 años, una mujer de 52 y un bebé de 15 meses… Nos repusimos, participamos en un recital y fuimos a un concierto de un grupo amigo cuyo disco compré. Ese disco se ha convertido en mi banda sonora durante la cuarentena… y así de cabeza al 8 de Marzo. En Villalba y en los municipios cercanos hicimos los preparativos previos, pero en el pueblo fue la primera manifestación que se realizaba por el 8 de Marzo, y nos llenó el alma el éxito rotundo en que se convirtió. Unas 80 personas en tres pueblos donde habrán 180 personas censadas. Volvimos pletóricos ese mismo 8 de marzo por el cariño recibido en la aldea y en la manifestación de Segovia. Y de pronto, el lunes 9 de marzo, solo había noticias sobre la epidemia, que ya llamaban pandemia. Mi pareja se fue a su casa y nada predecía que hasta ocho semanas después nadie me iba a dar un beso ni un triste abrazo.

En la biblioteca esa tarde todo eran nervios. Yo me aparté al mostrador más alejado de mis compañeras y donde hay más distancia con el público: tenía muy presente la cantidad de eventos, actos, comidas, asambleas, concentraciones a las que había acudido en las últimas semanas y lo expuesta que había estado. Nos informan de que cierran los colegios, la biblioteca también cierra al público y trabajamos a puerta cerrada… y llega el estado de alarma. La Policía pasa por la calle donde vivo para informar mediante megafonía del confinamiento, todo tiene tintes de distopía. Bajo al trastero la bolsa de ropa del pueblo, harta de verla en casa, y me quedo un rato en el parking al escuchar en la calle la megafonía de un coche de bomberos conducido por militares; no quiero dar explicaciones por llevar una bolsa de viaje en la mano en ese momento. Ese fin de semana es el primero en pasarlo sola, y ya empezamos a movernos en redes para intentar ayudar a personas vulnerables a hacer recados. El lunes 16 es el último día que acudo al trabajo, y personal de una tienda me regala una mascarilla y guantes cuando les pido colgar el cartel de la plataforma de apoyo vecinal recién creada, la primera vez que lloro de emoción en toda esta crisis, mil veces gracias.

 

Modifico mi blog de agenda de eventos presenciales por eventos virtuales, ayudas escolares online, ayudas a personas vulnerables, webs de teatro, cine, libros electrónicos… Y comienzan mis miedos, mi ansiedad, palpitaciones… Cada vez que tengo que hacer un recado no puedo pararlo, poco a poco me habitúo, dejo de estar angustiada y paso a estar en un estado de alerta personal. Los días son lluviosos, grises, las calles están vacías, voy a casas de personas que no conozco que me esperan en el umbral de su puerta, con miedo, con distancia, pero muy agradecidas. Tengo largas conversaciones con personas desconocidas que necesitan alimentos, medicinas y, también, hablar con alguien.

Los fines de semana se llenan de aperitivos virtuales. Me maquillo para enviar vídeos y fotos de cumpleaños, leer algún poema, recomendar un libro y hasta cantar… Y en plena crisis, tras varios pésames, me lío la manta a la cabeza y hago mi primera sesión de cuentos en solitario, desde casa, con ayuda de mi pareja y su hijo a 50 kilómetros de Villalba. Agradeceré mil veces el calor y cariño que me distéis, lo recordaré siempre. De nuevo, gracias.

Los días pasan. De la emoción de los primeros aplausos a las ocho dedicados a las personas que nos cuidan, paso a conocer al vecindario que me rodea. Doy vueltas todos los días al patio, y ya no son recados lo que la gente necesita: empiezan a acudir personas que viven con una gran precariedad y necesitan comida, ropa para ellos y sus bebés, cunas. Empieza a quedarse arrinconado el taller de batas que tenía montado y finalmente lo desmantelo, ya todo gira alrededor de la despensa que hemos creado en Villalba. Y como dirían los mayores, me significo en mi propia casa poniendo un cartel con el lema: “Sanidad pública, no se vende, se defiende”

Empiezan las fases: me emociono el primer día que pueden salir las niñas y niños y les pinto un arco iris que aún tengo colgado en la valla de la calle. Lloro emocionada cuando veo cómo saludan a las personas que dejan en casa al poder salir solo con una persona adulta, y llega el momento de mi primer paseo. Me abrazo a varias encinas, veo conejos, vacas, y no puedo dejar de sonreír durante todo el recorrido.

He hecho cosas que ni imaginaba que haría hace solo unos meses. Bailar sola en casa, muchas fotos y selfies, videoconferencias de ocio, activistas, familiares. Perseguir un coche, buscar gasóleo por internet. Conseguir comida de donaciones, de lo que tiran en supermercados, de lo que ya no se puede vender en fruterías. Fabricar material sanitario con papel de cocina y bolsas de basura. Esperar, casi como una fiesta, que una amiga me trajera a casa una barra de pan.

Y cuando parece que todo va acabando vuelve el miedo. Me da miedo ver cómo mucha gente está olvidando todo lo que hemos pasado, no verla asustada como hace tan poco. No he ido ni a las concentraciones que se han hecho en los centros de salud por este miedo. Sigo tomando mis medidas de precaución, pisando la fregona con lejía cuando llego a casa, cambiándome de ropa, duchándome después de desinfectar móvil, gafas, mechero. Espero que se me pase en breve, pero además de no caer enferma, no quiero volver a estar más tiempo confinada sin poder salir. Me horrorizaría perder esa pequeña libertad, y me sorprende este misticismo ante la naturaleza en el que me he apoyado estos días. Que todo salga bien, lo deseo con todas mis fuerzas. Y por favor, cuidaos, no lo estropeemos ahora.

Pin It on Pinterest