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Testimonio de una curranta de oficina de correos en un pueblo pijo de Madrid durante la pandemia de COVID-19.

En mi oficina hasta el 14 de marzo, en el que se declara estado de emergencia sanitaria, trabajamos con toda normalidad. Hasta una semana antes no empezamos a darnos cuenta de la gravedad del contagio por el virus, que mataba.

El día 16 nos avisan de que trabajaremos en servicios mínimos.

Durante estos días nos enteramos de cientos de casos de compañeros que tienen que guardar cuarentena por contagio propio o cercanos, familiares, compañeros.

Cuatro días después ya hay un par de compañeros fallecidos, en otras provincias.

En servicios mínimos reducimos jornada laboral, pero aún no teníamos ningún medio de protección por parte de la empresa. La tensión era terrible, pues nos obligaban a trabajar de cualquier manera, en algún caso en puestos laborales, donde hay muchos compañeros sin ninguna medida de protección. La empresa llega a llamar a las fuerzas de orden público para obligar a los trabajadores a trabajar.

En esos momentos sale la medida de que la gente vulnerable al contagio, edad y enfermedades podía-tenía que permanecer en domicilio y no exponerse.

Yo continúo trabajando día sí, día no, y solo cuatro horas, pero hasta el 29 de marzo no nos mandan guantes y geles, las mascarillas el lunes siguiente. El estrés pasado en estos primeros 15 días de incertidumbre ha sido agotador y ha tenido un alto coste en otro tipo de enfermedades fisicas y psicológicas.

Las idas y vueltas al trabajo son como de ciencia ficción: muy pocos coches, controles en carretera, desvíos para pasar por control en la A-6. En este contexto yo paso desapercibida, pinto canas y soy mujer. Paso por todos los controles sin ningún control (je, je).

La imagen de irrealidad ha sido constante: bajaban los indices de polución, entrábamos en primavera, ha nevado y ha llovido a raudales, y finalmente con normalidad.

Se han incorporado las compañeras con mucha alegría, pues volver a la normalidad con mascarilla y guantes pero vivitas y coleando es para celebrar.

Guty, 48 años. Barrendero de un pueblo de Madrid.

Este madrileño se incorporó a su trabajo tras unas vacaciones en plena pandemia. La empresa les informó acerca de lo que se sabía hasta entonces del virus y les suministraron tanto mascarillas como guantes e hidrogel, aunque pronto se quedaron sin mascarillas, pero gracias a la solidaridad de la madre de un compañero, que cosió decenas de ellas, estuvieron en todo momento surtidos. Las calles estaban vacías de personas y la sensación de irrealidad era constante. Su labor de limpieza se centró en desinfectar contenedores y papeleras. Muchos viandantes les dieron las gracias por su trabajo, y este reconocimiento les sirvió de gran apoyo; y nos comenta que a miembros de la UME (Unidad Militar de Emergencias) sí les vio patrullando, pero en ningún momento en tareas de limpieza. Se han encontrado mascarillas y guantes en lugares inverosímiles. En cuanto la gente ha empezado a salir, su trabajo ha vuelto a ser el habitual, aunque desinfectando y barriendo los lugares que ocupan las terrazas, ya que la mayoría de las veces no son saneados. Vive solo, y se ha sumado a varios aperitivos con sus vecinos desde las terrazas de sus casas. Una de sus grandes preocupaciones es que su padre de 90 años no temine viéndose afectado por la COVID-19.</Artículo>

 Eva, teleoperadora de banca, 45 años.

Las dos primeras semanas del confinamiento no acudió a su puesto de trabajo, le ofrecieron adelantar vacaciones y estuvo de baja otra semana por una lesión. Cuando se incorporó, las medidas de seguridad se habían cumplido: distanciamiento físico, limpieza, guantes, hidrogel, etc. No les han ofrecido teletrabajo, y está denunciado, ya que su empresa no se dedica a un servicio esencial según Inspección de Trabajo; el departamento de telemarketing está externalizado, aunque al dar servicio a un banco se supone que es servicio esencial, según la empresa. Vive con sus padres, y dice que llegar a casa es un suplicio. Se desplaza en coche hasta su lugar de trabajo y no toma las medidas de precaución del personal que se desplaza en transporte público, pero se siente agobiada por la posibilidad de que estén infectados sus zapatos y ropa. Está convencida de que en su casa han pasado el virus aunque no les hayan hecho tests, y está muy enfadada con cómo se está desarrollando la vida política de este país: se considera una persona de derechas, pero —para su sorpresa— por los comentarios que hace, para la gente que conoce de izquierdas es una facha y para la de derechas una comunista.

Patricia. Abogada en la Red de violencia de Género de la Comunidad de Madrid.

Madre de 2 peques, de 13 y 8 años. La conciliación para ella ha sido realmente complicada. Sostener emocionalmente a los peques, las clases online de éstos y la flexibilidad de horario de su trabajo, que hacía que muchos días terminara trabajando por la noches para ocuparse de sus hijo e hija durante el día. Todas las profesionales de su área están teletrabajando.

Nos comenta que al principio del confinamiento entraban menos denuncias, pero habían aumentado las llamadas al 016 y desde hace aproximadamente un mes les están llegando bastantes casos nuevos, nuevos casos de mujeres que han denunciado y tienen orden de protección concedida y mujeres que no han denunciado pero piden una primera cita para informarse. La mayoría de ellas demandan atención psicológica. El perfil de las mujeres que han atendido es muy variado: mujeres con órdenes de protección que han llegado nuevas al servicio, mujeres que han llegado nuevas al servicio que han denunciado pero se las ha denegado la orden de protección, mujeres que ya estaban en intervención con convivencia con el agresor, mujeres en intervención sin convivencia… Pero hay algo siempre en común a la gran mayoría, y es que esta crisis sanitaria las ha abocado a una mayor vulnerabilidad social, y su situación económica se ha precarizado, ya que muchas trabajaban en empleos como el servicio doméstico o la hostelería. También hay casos de mujeres extranjeras en situación irregular cuyo trabajo lo realizaban en negro y que se han visto sin ingresos y sin poder acceder a ayudas sociales, al no cumplir requisitos para poder optar a estas ayudas. Una gran mayoría con hijos menores a su cargo que en estos momentos tampoco pueden acudir a trabajar porque al no reanudarse las clases deben ocuparse de sus cuidados.

Nos comenta que en el caso de los Juzgados con el estado de alarma quedaron suspendidos todos los procedimientos civiles, aunque seguían funcionando para poder atender las denuncias por violencia de género y juicios rápidos.

Con el tema de las visitas de los menores al inicio del estado de alarma había disparidad de criterios e interpretaciones hasta que se pronunció el Consejo General del Poder Judicial y se siguió el criterio de que las visitas debían cumplirse siempre dentro de un sentido común y no poniendo en riesgo la salud de los menores, y en aquellos casos en los que las visitas fueran en puntos de encuentro se suspendían. Se ha dado mucha disparidad de situaciones.

Carmen, auxiliar de geriatría en residencia en el sur de Madrid.

Esta extremeña de 64 años con problemas cardiovasculares y un ictus de hace siete no lo dudó: su puesto estaba con “sus abuelos” de la residencia. Nos comenta que la lucha contra el virus ha sido “cuerpo a cuerpo”; cuando hablamos con ella de 200 residentes solo 110 habían sobrevivido en su residencia y llevaba una semana de baja. No había material sanitario ni EPI, y cuando alguna de ellas estaba de baja eran sustituidas con personal sin experiencia. Se le han muerto en los brazos calcula que 50 resindentes, y el orgullo que tiene es que en su residencia se ha sedado, y los que ella ha atendido los ha lavado y vestido para que se fueran dignamente. Es conocida por su alegría y la música que siempre la acompaña, a pesar de la normativa de su centro de no hacer demostraciones de cariño con las personas que atiende. Todos los días se presenta Protección Civil en su casa para aplaudirle y tiene la casa llena de las flores que le han enviado los familiares de los fallecidos, agradecidos por su entrega en tan duro trance.

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