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Continúo teletrabajando sin descanso, sólo lo justo que permite al cerebro hacer stop para dormir cinco horas al día, intentando dejar en pausa las docenas de peticiones de información, alimentos, medicamentos o enseres ,que surgen de lunes a domingo.

Por Lara Columba Jerez

 

Detrás de todo esto, está el futuro cercano del Ingreso Mínimo Vital (IMV) como paradigma de la realidad social actual. Si esta medida, «tan positiva y tan luchada», hubiera surgido en circunstancias sociales «normales», sería muy diferente a ser operativa en pleno estado de alarma sanitaria, con un contexto de catástrofe global, con incertidumbres cotidianas para la sociedad civil y los gobiernos… Es decir, detrás de cada ayuda gubernamental están los perfiles de las personas solicitantes y, en este caso, como se puede vislumbrar, quedan fuera de poder acceder al IMV miles de jóvenes menores de 25 años, miles de personas en situación irregular, muchas personas sin techo, la ciudadanía que no ha sabido tramitar otras ayudas anteriores, bastantes personas dependientes y toda la población que no puede cruzar las brechas digitales (que dependen de colaboraciones desinteresadas de espacios técnicos y vecinales).

 

Pero, para no seguir con esta temática tan repetida estas semanas, voy llamar la atención sobre otra realidad, a veces, oculta y, en muchas ocasiones, desconocida de forma voluntaria por la ciudad: se trata de la «soledad no deseada», esa que la gente visualiza, en general, en las personas muy mayores, pero que, ni mucho menos, las afecta sólo a ellas. También es una realidad diaria para la población desempleada de larga duración, inmigrantes sin redes familiares ni sociales, nuevo vecindario de los barrios, jóvenes independizados/as, personas sin hogar. Además de muchas mujeres y hombres de 25 a 45 años de edad, independientes, sin hijos/as y con familia nuclear lejana en el territorio. Esa «soledad» que se ansía en los primeros años de haber logrado abandonar voluntariamente el hogar familiar, que se disfruta, luego, junto con los nuevos puestos de trabajo conseguidos, mientras crecen las listas de amistades, y que, pasados los años, sirve de espacio equiparable a una balsa de reflexión y descanso…

Pero, en una situación como la actual (pandemia mundial) no es «tan agradable», si se suma, además, al «encierro en el apartamento» y a la enorme flexibilidad en las jornadas laborales. No olvidemos que el personal técnico es humano y sale a pasear, a realizar gestiones básicas, y desea disfrutar de una copa de vino en su balcón (si lo tiene).

 

Han sido, y siguen siendo, horas eternas de escucha activa a desconocidos/as, a quienes prestas tu máxima atención y cercanía, pero esto no sustituye a las amistades, familia y ocio estival.

 

Por todo ello, me pregunto: ¿qué plan de contingencia, creativo y viable, están considerando los gobiernos central, autonómico y local para cuando finalice el estado de alarma sanitaria? Porque,  en la desescalada del COVID19, cada vez pasamos de fase a mayor velocidad y se prevé que, a finales de este mes de junio, estemos en plena normalidad social y económica. ¿Dónde se establecen las prioridades entre importante y urgente?

 

Hay que ser realistas, señoras y señores. Ha crecido el número de personas sin trabajo, que no inactivas, el número de menores con diversos miedos, el número de dependientes y el de familias que no tienen para comer, desayunar o cenar. Desde mediados de marzo, las redes sociales de apoyo en los barrios intentan atender emergencias vitales, pero no pueden ni deben suplir a las Administraciones públicas. ¿Qué plan hay hasta diciembre de 2020, o hasta abril de 2021, según la OMS?

 

¡No podemos olvidar a las personas vivas, que tienen derecho a vivir, no sólo sobrevivir!

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