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    En estos momentos en que el uso de las mascarillas son obligatorias, muchos se están desmascarando

    Solidaridad en Acción

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    Autora:  Maria, vecina de Puerta del Ángel, Madrid.

    Sólo hace unas semanas que permanecíamos encerrados en nuestras casas, sólo hace unas semanas que desde las terrazas se podían oír aplausos de agradecimiento, música para alegrar corazones rotos por un dolor inmenso y colectivo. En esos tiempos con olor a lejía, las sonrisas volaban de balcón a balcón, los mensajes positivos colgaban de las ventanas como enredaderas en primavera. Sólo hace unas semanas y qué lejos me parecen ya. Las sonrisas se han sustituido por cacerolas llenas de odio y la música ha sido silenciada por el estruendo de la intolerancia.

    La crispación corre por las calles como un río desbocado, del miedo hemos pasado al odio sin darnos apenas cuenta. Ese odio antiguo, tan antiguo como la maleta del abuelo que tuvo que migrar por unas ideas diferentes. Ese odio que en silencio va dando mordisquitos al que lo acaricia y lo alimenta todos los días.

     

    Y, ¿por qué os cuento todo esto? Porque el viernes pasado sentí ese odio, esa intolerancia quemándonos la piel. Mi compañero y yo, desde que empezaron las cacerolas de la crispación decidimos que desde nuestra terraza sonaría un mensaje de amor y qué mejor canción que “All You Need Is Love” de The Beatles. Es cierto, que nos pasábamos de decibelios, pero logramos parar el sonido de las cacerolas y que esos vecinos que se encerraban a las nueve, saliesen a bailar y a tirarnos besos; y eso, a algunos les molestó. Concretamente a un vecino de mi mismo edificio; no pudo soportar los besos y las sonrisas flotando por el aire sin malos humos, no pudo soportar que no se oyera su odio y en vez de subir y hablar con nosotros para que bajáramos la música, porque creo que tenemos el mismo derecho de expresión, llamó a los servidores del Estado. A las nueve y seis minutos más o menos, increíblemente rápidos y veloces, dos municipales de paisano, grandes y fornidos como armarios empotrados, con la cara tapada por unas mascarillas de camuflaje con la banderita española y con sus placas colgando, llamaron directamente a nuestra puerta. Nos dijeron que un vecino les había llamado porque le molestaba nuestra “música” y lo entrecomillo porque es una canción que dura 3,51 minutos. En total, le molestábamos 7,02 minutos al día porque la poníamos dos veces, mientras que las cacerolas seguían sonando más tiempo. Nos comentaron que si el vecino volvía a llamarles nos caería una multa.

     

    Desde entonces, desde mi terraza no se oye a The Beatles a las nueve pero he hecho una pancarta con el mensaje, que en realidad es lo importante para nosotros; una pancarta que el vecino podrá ver todos los días y a todas horas al entrar y salir de su casa.

     

    Llegados a este punto y después de haber leído mi historia, me gustaría que reflexionárais sobre dos ideas.

     

    • Desde que vivimos en esta casa, la música ha sonado, se han hecho barbacoas, hemos invitado a amigos y familia, siempre de día, porque ya tenemos una edad y porque de noche no mola estar escuchando una fiesta. Desde que nos mudamos hemos vivido la casa y nunca hemos tenido ningún problema. ¿Por qué el viernes el vecino llamó a la policía? ¿Odia tanto al grupo de Liverpool?

     

    • La Municipal acudió rápidamente a nuestro domicilio, cual pizzero responsable. ¿No tiene otra cosa qué hacer a las 9 de la tarde? Supongo que les pareció un buen plan ir a casa de unos hippies ruidosos y lucir sus músculos de gimnasio.

     

    Llamadme ingenua, pero si son un servicio a disposición del ciudadano estaría bien que trabajasen por aquellos que en estos momentos lo tienen peor: repartiendo comida en las colas del hambre, ayudando a ancianos que viven solos.

    Durante este confinamiento nos han vendido varias motos: una de ellas ha sido que la policía la integran seres de buen rollo que felicitan el cumpleaños a los niños y niñas repartiendo piruetas y sonrisas. Y yo, sinceramente, lo único que les he visto repartir son golpes y multas.

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