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Derechos humanos al agua y al saneamiento con perspectiva feminista

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PCPCYII/Marea Azul

En este Día Internacional de la Mujer queremos revindicar el papel de las mujeres en el derecho al agua y al saneamiento y explicar por qué somos las más afectadas cuando se vulnera este derecho.

En este último año, la pandemia de la COVID-19 ha puesto de manifiesto la importancia vital del saneamiento, la higiene y un acceso adecuado al agua limpia. Sin embargo, la escasez de agua afecta a más del 40% de la población mundial y una de cada tres personas en el mundo no tiene acceso a agua potable.

Cada día, alrededor de 1.000 niños mueren debido a enfermedades diarreicas asociadas al consumo de agua insalubre y a la falta de higiene, y más de 2.400 millones de personas carecen de acceso a servicios básicos de saneamiento, como retretes o letrinas. Y son las mujeres y las niñas las encargadas del aprovisionamiento de agua en el 80% de los hogares sin acceso a agua corriente. En 2010, las Naciones Unidas reconocieron el derecho humano al agua y al saneamiento, definiéndolo como el derecho de todos los seres humanos a tener acceso a una cantidad de agua suficiente para el uso doméstico y personal (entre 50 y 100 litros de agua por persona y día), segura, aceptable y asequible (el coste del agua no debería superar el 3% de los ingresos del hogar), y accesible físicamente (la fuente debe estar a menos de 1.000 metros del hogar y su recogida no debería superar los 30 minutos). El derecho humano al agua y saneamiento es, además, condición indispensable para garantizar el cumplimiento de otros derechos, como el derecho a la salud, la educación, o un medio ambiente sano.

Las mujeres, especialmente en las zonas rurales de América Latina, África Subsahariana o Asia, sufren cada día la vulneración de su derecho al agua. La falta de acceso a servicios adecuados de agua potable y saneamiento afecta especialmente a las mujeres y las niñas, ya que son éstas las principales encargadas de ir por agua. Además de tener efectos negativos en la salud y exponerse a riesgos cada vez que tienen que recoger agua o acceder a las instalaciones sanitarias fuera de sus hogares, esta tarea también repercute en la falta de tiempo para realizar otras actividades retribuidas económicamente, y la exigencia física de la tarea dificulta aún más la posibilidad de que las mujeres accedan a los mercados de trabajo, perpetuándolas en el círculo de la pobreza.

En la mayoría de los países en vías de desarrollo, las mujeres son las responsables de la gestión del agua a escala doméstica y comunitaria (preparación de alimentos, lavado de la ropa, limpieza de la vivienda, higiene familiar, así como la producción de alimentos, especialmente en zonas de agricultura de subsistencia). Se estima que mujeres y niñas de muchos de estos países emplean más de ocho horas diarias recorriendo una media de 10 a 15 kilómetros para trasladar entre 20 y 15 litros de agua por viaje, lo que tiene un impacto negativo sobre su salud física y mental. Esto ocasiona que la salud de las mujeres se resienta profundamente por la pesada carga del acarreo de agua, y también por las enfermedades que se contraen por contacto con el agua estancada y contaminada por organismos que actúan como huéspedes de ciertos parásitos.

Las niñas pasan horas dedicadas a la dura tarea de ir a buscar agua a pozos distantes para uso familiar, reduciendo sus oportunidades de acceder a la educación. El saneamiento inadecuado perjudica especialmente a las niñas, muchas de las cuales se ven empujadas a abandonar la escuela cuando se inicia su menstruación, principalmente en áreas rurales donde el acceso al saneamiento es precario y hay una absoluta falta de privacidad y de respeto a su dignidad. A los riesgos para la salud e infecciones derivadas de la falta de medios para lavarse y lavar correctamente el material higiénico menstrual, se añade el estrés que supone el ciclo menstrual en estas circunstancias, y que repercute negativamente en la salud mental.

Las mujeres y las niñas son especialmente vulnerables a las agresiones cuando deben caminar mucho para acceder a servicios de saneamiento o cuando se ven obligadas a defecar al aire libre. Las mujeres sin acceso a esos servicios a menudo esperan a la noche para hacer sus necesidades para garantizar un mínimo de intimidad, pero con gran riesgo para su seguridad física, siendo objeto de comentarios groseros, apedreamientos, apuñalamientos y violaciones. La violencia machista también se produce en lugares destinados a recoger agua, bañarse y lavar la ropa. Además de correr el riesgo de sufrir violencia física, las mujeres y las niñas también pueden experimentar un estrés psicosocial relacionado con el saneamiento, que incluye el temor a la violencia sexual.

A nivel político, el papel de la mujer en la administración y gestión del agua puede ayudar a legislar, defender y financiar políticas inclusivas en todos los aspectos de la planificación, el desarrollo y la gestión de los recursos hídricos. En los países en vías de desarrollo (concretamente en zonas rurales) el hecho de que las mujeres se encarguen, además de cultivar, de buscar agua y usarla para tareas domésticas, las convierte en las principales responsables de tomar decisiones sobre el agua a nivel cotidiano y familiar. En estos países las mujeres han logrado destacar favorablemente en relación a la gestión del agua. Cuando ellas son las encargadas de gestionarla, en sus comunidades se constatan resultados mejores: sistemas de agua que funcionan mejor, mayor acceso al recurso, así como beneficios económicos y ambientales. Una bomba manual rota supone que niñas y mujeres tengan que viajar grandes distancias para captar agua, perder tiempo productivo y aumentar los riesgos para su seguridad personal. Como resultado, donde las mujeres se ocupan de la mecánica hay menos fallos y más mantenimiento preventivo.

Es, por tanto, un hecho que la contribución de las mujeres a la gestión del agua es fundamental, aunque su participación en los procesos de toma de decisiones siga siendo extremadamente baja. Para promover la inserción femenina en este sector se han realizado diversas convenciones internacionales, remarcando y dando a conocer la importancia de las mujeres como líderes, expertas y mediadoras en el acceso equitativo del agua en todos sus usos.

Por eso, en este 8M también queremos hablar de las mujeres como las poderosas agentes de cambio que son y que pueden llegar a ser si acceden a los órganos de decisión política. En muchos lugares son ellas quienes están en primera línea para exigir el cumplimiento del derecho al agua para sus pueblos, barrios y comunidades. Millones de mujeres están dando la cara y luchando por la dignidad y el futuro, porque saben que cuando defienden el agua también están defendiendo la vida. Y por eso resulta imprescindible que las prioridades de la mujer se incluyan en los programas de inversiones públicas para infraestructuras de distribución y gestión del agua y del saneamiento.</Artículo>

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