fbpx

El 31 de octubre y 1 de noviembre de 1991 se iniciaron los “Acuerdos de paz de Madrid”, predecesores de los “Acuerdos de Oslo”. Han pasado ya 29 años desde aquel momento, y Palestina sigue sufriendo las consecuencias de la Nakba o “catástrofe” de 1948. La paz que parecía que iban a traer dichos acuerdos se convirtieron en una maldición para el pueblo palestino, pues nada de lo estipulado en estos documentos se cumplió por parte de la potencia ocupante. El ente sionista tradujo y utilizó el “proceso de paz” como una herramienta para afianzar, legitimar y continuar con las políticas de ocupación.

 

Fuente: Alkarama

alkarama-mujeres-palestinas-acuerdos-oslo-madrid-en-accion

El inventado “Estado de Israel” aprovechó la posición internacional que le otorgaron los “Acuerdos de Paz” para reforzar y establecer relaciones con países con los que antes no tenía relación. Por ejemplo, Jordania firmó con el ente sionista un acuerdo de paz en 1994, siendo el país vecino de Palestina, uno de los países del mundo con más población refugiada palestina, y cuya cuestión, primordial en su agenda social y política (de Palestina), no se ha resuelto aún.

Como consecuencia, la política de hechos consumados del ficticio estado israelí se ha reforzado en todos los ámbitos.

En el plano económico, a través del muro de apartheid y las tasas arancelarias tan elevadas que este impone a Cisjordania. Además, del feroz bloqueo por mar, tierra y aire impuesto a la Franja de Gaza desde hace más de 13 años.

En cuanto al plano militar, pues las fuerzas de ocupación apenas se han retirado de Palestina. Los soldados de ocupación israelíes asesinan arbitrariamente a civiles palestinos. Uno de los casos más sonados y recientes ocurrió en el mes de mayo, cuando el ejercito sionista disparó a un joven autista, Iyad Hallaq, de tan solo 23 años de edad, cuando este iba a la escuela cerca de su casa en Jerusalén Este. Por tanto, el uso de la fuerza de manera totalmente desproporcionada, tanto en este caso, como en muchos otros, continúa. Otro ejemplo lo podemos ver en las protestas pacíficas denominadas “La Gran Marcha del Retorno”, que tuvieron lugar en la Franja de Gaza desde el día de la tierra, el 30 de marzo de 2018, y que duraron hasta que comenzó la pandemia. Han sido cientos los heridos, civiles (reiteramos: se manifestaban de forma pacífica) que reivindicaban sus derechos, reconocidos por el derecho internacional y recogidos en la resoluciones y disposiciones remitidas por las Naciones Unidas, como el Derecho al Retorno de los y las refugiadas palestinas -Resolución 194 de la Asamblea General de la ONU)-, el fin del bloqueo a Gaza y el fin de la ocupación.

En la misma línea, en cuanto al plano territorial, los asentamientos han aumentado considerablemente desde 1972. Ese año, el número total de colonos en Cisjordania y Gaza era de 1.500 y el número de ocupantes en Jerusalén Este era de 6.900. Sorprendentemente, después del inicio de las negociaciones de paz en Madrid del 91 -para ser exactos, en el año 1993- se llegó a la cifra de 109.784 colonos en Cisjordania y Gaza y a 141.000 en Jerusalén Este.

Según este gráfico recogido por la organización “Peace now”, el número de colonos en Palestina en el año 2018 fue de 427.800. Los asentamientos -ilegales desde cualquier punto de vista lógico, incluso el internacional-, suponen una barrera para establecer una paz duradera en Palestina y toda la región de Oriente Medio. La ONU ha instado en numerosas ocasiones a la potencia ocupante a detener estas políticas de asentamientos en la ocupada Cisjordania. Hace tan solo unas semanas, la administración sionista anunció el adelanto de planes de construcción de asentamientos para casi 5.000 nuevas unidades en tierra palestina. La organización BTselem (2016) hablaba de entre 690.000 y 750.000 colonos israelíes viviendo en al menos 250 asentamientos en Cisjordania ocupada y Jerusalén Este. “Toda construcción de asentamientos es ilegal según el derecho internacional, y la ONU sostiene que es una barrera importante para el establecimiento de la paz” dijo el coordinador especial de la ONU para el conflicto israelí-palestino, Nikolai Mladenov. Alkarama -Movimiento de mujeres palestinas-, las diversas organizaciones palestinas y de derechos humanos, ni siquiera contemplan la posibilidad de que se trate de un conflicto, pues se trata claramente de una ocupación y un sistema de apartheid, de dominación, en la que Palestina es la víctima. Por tanto, no podemos poner en la misma línea a la víctima y al verdugo, al ocupado y al ocupante. La fuerza y desproporcionalidad en los actos por parte de la Potencia ocupante, está muy por encima para que podamos hablar siquiera de conflicto. El movimiento sionista, desde sus inicios, con la Declaración de Balfour, intenta crear una serie de mitos para que se hable en términos de conflicto y tapar que se tarta un régimen de apartheid.

El plano medioambiental es otro de los ámbitos que se ha visto vulnerado más y más desde el “proceso de paz”, debido a las políticas de limpieza étnica del sionismo. La sustitución de árboles endémicos como el olivo, por pinos -para la industria forestal israelí y para despojar a los palestinos de su identidad, pues el olivo es símbolo nacional del pueblo palestino- o el robo de agua a Palestina, afecta irremediablemente al pueblo palestino y al medioambiente. Mientras un palestino promedio consume 83 litros de agua al día -a pesar de que la OMS ha establecido un mínimo de 100 litros para consumo diario- un colono israelí consume 400 litros e incluso más. Un Palestino del sur, consume tan solo 23 litros. En Gaza, la situación es devastadora, la proporción de agua es de tan solo de 22 litros por día, ya que el 97% del acuífero costero no es apto para uso humano.

Por otro lado, en el plano cultural, la ocupación sigue usurpando la identidad al pueblo palestino, y negando su existencia. La humillación, las vejaciones, la deshumanización del pueblo palestino, en general, son constante. Incluso los derechos de la población indígena palestina que viven en territorios palestinos ocupados en 1948 no son los mismos que el que tienen los ocupantes. Por ejemplo, el dabke, arte y danza popular palestino, está siendo usurpado por el ente sionista, haciendo creer que este es parte de su cultura. Ocupan la vestimenta autóctona, desfilando en pasarelas internacionales de moda, como si fuese propia de la “cultura israelí”. A pesar, de que estos no tienen una idiosincrasia autóctona, ya que se conforman principalmente por judíos provenientes de Europa, sin tener nada en común, nada más que la religión. Alejados de lo que significa Medio Oriente y su cultura árabe.

Lo mismo ocurre con el pañuelo palestino o Kuffiyeh, también parte de la resistencia palestina mucho antes del establecimiento del estado sionista. Estos han intendado apropiarse también de esta prenda.

Por último, y no por ello menos importante, en el plano social y político, la ocupación ha exacerbado la crítica situación del pueblo palestino. En cuanto al género, se ha instrumentalizado la figura de la mujer palestina para impartir el miedo y el control a las familias y a la sociedad palestinas. Han sido muchas las mujeres, que han muerto en controles o check point, puesto que las autoridades sionistas no les han permitido cruzar dicho control y así poder llegar al hospital. Además, gran porcentaje de la población palestina ha pasado por las cárceles sionistas -entre esta mujeres y niños-, han sido arrestados o detenidos de manera arbitraria -mediante la política de detención administrativa, sin cargos ni juicios-, sin saber el tiempo que pueden llegar a estar detenidos. La joven palestina, Ahed Tamimi, con tan solo 16 años, estuvo en prisión por abofetear a un soldado que había anteriormente disparado en la cara a un primo suyo menor de edad también y que querían registrar su casa. Jalida Jarrar, diputada palestina, también fue arrestada por las fuerzas de ocupación por su activismo político, por resistir a la ocupación. Fue “enjuiciada” por el tribunal sionista sin ningún tipo de testimonio audiovisual, por lo que no queda constancia alguna, ni prueba de lo que pasó en el “juicio”. Pocos meses después de que Khalida, fuese puesta en libertad, volviendo a dar clases en la Universidad de Birzeit, volvió a ser detenida. La única acusación que se le hace a Jarrar es la de ser la responsable de asuntos políticos del Frente de Liberación Popular de Palestina.

Todo ello nos indica que los Acuerdos de Oslo y el “proceso de paz” con el que se le vinculaba, está inerte. No ha habido ningún tipo de proceso hacia la paz, sino al contrario, una regresión acelerada que refuerza la ocupación y el apartheid por parte de la Potencia ocupante hacia Palestina. Esto ha desembocado en la resistencia continua del pueblo palestino y a la negativa de continuar con ningún tipo de acuerdo de este tipo, que reduce considerablemente los derechos del pueblo palestino y no pone fin a más de 71 años de sufrimiento. Estos “acuerdos” solo han llevado a más sufrimiento. Lo que está claro es que el primer paso para que haya algún tipo de paz es que el ente sionista reconozca las atrocidades cometidas desde 1948 hasta la actualidad, que cumpla con el derecho internacional, el derecho al retorno, el fin del bloqueo a Gaza y la ocupación. Los nuevos Planes de anexión israelíes mediadas por la administración Trump, tratan de continuar con la anexión del territorio palestino, lo que demuestra que la única paz que el régimen de apartheid israelí quiere es una pieza más del puzzle, de Palestina. Estos planes los están utilizando para reposicionarse en el plano internacional y continuar creando y afianzando lazos con otros países árabes con los que antes no había ninguna relación, lo que se traduce en la complicidad de las políticas de ocupación israelíes, mencionadas a lo largo de este artículo contra Palestina.

Pin It on Pinterest